En Morón, al igual que en la leyenda del conde Drácula, los muertos amenazan a los vivos. Un crematorio, puesto en contravención de todas las normas imaginables, desde hace tiempo arroja gases tóxicos contra los vecinos. A esto se agrega un matadero, que trabaja en las peores condiciones de higiene posibles, y cuya carne recibe y acumula los tóxicos del crematorio. Esa carne, por supuesto que se vende también fuera de Morón y podemos encontrarla en el supermercado de nuestra esquina.
 
Éste es un claro ejemplo de cómo la ausencia de políticas públicas en distintos campos potencia sus efectos negativos. Al no haber política ambiental, el crematorio puede dispersar gases tóxicos sin que nadie vaya a medir lo que sale de esa chimenea. Al no existir el planeamiento urbano, Morón autoriza estas dos actividades incompatibles, una al lado de la otra. Y al no haber ningún control bromatolólgico, esa carne con mercurio, dioxinas y furanos termina en nuestra mesa.
 
Les envío el recorte del diario Clarín zonal, en el que se describe el problema.
  

 

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